De malos y malvados en el cambio de época

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Por Eduardo Capdevila (*)

El concepto es una definición con cierta permanencia sobre un objeto o cosa, que interpela a los grupos sociales al punto de permitir las relaciones humanas y organizacionales por convención. La forma es la manera que cada integrante de esos grupos encuentra o elige para plasmar los vínculos emergentes del proceso.

Por esto, a la hora de establecer o trazar análisis de cuestiones como la política y la economía doméstica, los conceptos se corresponden con las visiones de país y la participación de distintos sectores en el producto y los servicios esenciales, mientras que las formas son las lógicas de implementación y comunicación de lo antes mencionado.

Las sociedades tienen la oportunidad de poner en discusión y resolver las cuestiones estructurales en instancias electivas con una temporalidad establecida institucionalmente, desagregadas en los distintos poderes de representación social; en criollo, las elecciones. Mientras tanto, se padecen o se disfrutan los resultados de la política económica elegida.

Y como la vida también es lo que ocurre entre las elecciones y sus resultados, a la hora de analizar el poder de gestión entran en escena las lógicas de implementación y las relaciones de coyuntura y contexto que sostienen o genera un discurso.

Es decir, que las estructuras son materia de debate político con una resolución democrática, mientras las lógicas de implementación, que corresponden a las formas, se sostienen en las apreciaciones subjetivas y valoraciones pero no se resuelven; están ahí, alentando la armonía o enfrentamiento social en base a los conceptos estructurales.

Por esto, si bien las cuestiones estructurales son las decisivas, los aspectos blandos de relacionamiento y vinculación que construyen discurso sobre lo “político profundo” no son menores; sobre todo, cuando los conceptos ponen en discusión derechos adquiridos, servicios públicos esenciales y otras cuestiones que hacen a la integración o desintegración de una sociedad como proyecto colectivo.  

Sin embargo, en tiempos de discursos políticamente incorrectos, irreverencia impostada y fugaz guerra de guerrillas en redes sociales signadas por heaters con dedos más rápidos que las neuronas, es moneda corriente echar sal a las heridas y naturalizar hábitos inhumanos. Todo al amparo del anonimato o la fugacidad.

Es así como el modelo estructural de país que avanza desde el Poder Ejecutivo nacional tiene un correlato discursivo que no guarda siquiera las formas sobre el impacto social y humano de las medidas. El cierre de una empresa del Estado con más de 70 años de historia como Télam; la desaparición de institutos nacionales; la fusión de ministerios; el desguace o pronta privatización de otras instituciones; recortes a la investigación aplicada; la parálisis de las obras públicas; la suspensión de la producción de acero y hierro; y así se podría seguir. Todo tiene un impacto social tremendo, cuyos detalles huelga explicar.

Como todo lo mencionado tiene su contracara en el ahorro de gasto público y desaceleración de la actividad económica, necesarios para estrangular la inflación y estabilizar variables administrativas, se trata de daños colaterales. Sacrificios en el altar del equilibrio fiscal.

Resignación, sacrificios e incorrección. Es  un montón. Ejemplo de esto, es que ningún funcionario ejecutivo de ninguna línea de gestión atempera o pone un mínimo bálsamo al difícil momento. Todo lo contrario.

“Es un momento muy difícil que nos obliga a tomar esta dura medida, fundada en la necesidad transitoria de bajar gastos. Esto afecta a familias que acompañaremos en el proceso de reinserción, reubicación y pasaje a la jubilación en algunos casos. Lamentamos como nadie esto, pero no podemos preservar la continuidad de…”, quedaría mal pero sería decoroso como mensaje de cierre de una empresa pública.

La alternativa a lo mencionado es la demonización del despedido, la persecución por su ideología, buscarlo en redes sociales para arrobarlo con insultos y amenazas extensibles a su familia y demás yerbas. Los funcionarios ejecutivos de primera línea escriben por fin todos en la calle, desocupados”; elogian que el Estado Nacional escriba “saluden a Télam que se va”; y otros en las redes sociales pidenpor favor más despidos y palos ya”. Centenares de jóvenes duchos en redes sociales son contratados por el Estado para dar la batalla cultural o ir a edificios de organismos cerrados con carteles de burlan a los echados y agradecimiento al ajuste para crear historias.

En el medio, funcionarios defensores del ajuste confunden una organización estatal federal con una plataforma colaborativa, al sostener que la agencia Télam puede reemplazarse con una cuenta de X manejada por un pibe. Y antes de poner la lupa sobre esta barbaridad, la primera magistratura nacional larga un chiste de los atributos viriles del burro en la inauguración del ciclo lectivo en un colegio católico. Y como en el fútbol, siga siga Lamonina.

Y para los que especulan con que un plan con la gente afuera termina en rebelión social, va la respuesta. Sacaron del baúl de recuerdos y con olor a nafltalina los axiomas de subordinación y valor. Léase, debate para restablecer el Servicio Militar Obligatorio.

Para cerrar, se evidencia que la lógica de implementación discursiva del concepto de país es más violenta aún que este último. Es el fruto de un discurso de resentimiento a los “acomodos” y “beneficios” en el Estado. Y es un error del progresismo creer que esa ira se atenuará con el ascenso de quien la siente; sólo busca el castigo a los otros. No salir adelante sino traerse a otros para atrás. El pobrismo del resentimiento le da sustento al discurso de resignación y de aguantar. No se trata de descubrir lo malo, sino entender la maldad. Tal vez sea un cambio de época. Tan temido por unos y tan buscado por otros.

(*) Periodista y docente de la Universidad Nacional de La Plata

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